IDEAS
A PALO SECO
X. Ron
“El espectador busca
disipación, el arte reclama recogimiento”
Bertolt Brecht.
La obra de Álvaro de la Vega se ha ido configurando en
los últimos diez años como una indagación sorprendente lúcida sobre la
representación de la realidad, sobre la naturaleza de la obra de arte en un
momento histórico de no retorno.
Hablamos de una obra que se empapa de la vivencia del
mundo actual y que se vale de un lenguaje original y profundamente
contemporánea manteniendo intacta la capacidad de decir lo que tiene que
decir sin enchufarse a una línea telefónica de alta velocidad, ni utilizar
otro tipo de interfaz que no sea la mano y el hacha para comunicarse con
efectividad con los espectadores de hoy en día.
Que no nos confunda la fuerza expresiva de los
materiales o la poderosa presencia de las figuras, que no nos seduzca el
sentimiento trágico que transmiten sus heridas abiertas en la piel o el
misterio de sus rostros impasibles.
Es hora de reivindicar al artista por la potencialidad
de su pensamiento, por su capacidad para reflexionar lúcidamente desde la
contundencia expresiva que posee un golpe de hacha, por su habilidad para
concretar en formas reconocibles (manos, figuras, torsos) las ideas más
abstractas ( verticalidad, tensión, líneas, planos). Porque su obra no es
sólo un estallido expresivo. Es también un impulso intelectual. Pero
táctil. Porque más allá del objeto que compramos, almacenamos o exhibimos
sin pudor está la posibilidad de dar forma al conocimiento.
Podemos pasar delante de una escultura y pasar de
largo. pero también podemos pararnos a mirar.
Mirar de verdad, con todo el cuerpo y no sólo posando
lo ojos a la espera de un reflejo. Mirar queriendo entender. Ésta es la
actitud del espectador que reclama una obra épica. Épica en el sentido que
le daba Bertolt Brecht a su teatro. La única capaz de tratar lo real con
garantías porque se mantiene permanentemente consciente de ser sólo arte, a
través del recurso del alejamiento, o interrupción o distanciamiento, que
impide el ilusionismo, la identificación ciega, el hipnotismo.
En el caso de Álvaro de la Vega estos elementos-faro
que avisan a los espectadores-navegantes de la cruda realidad que tiene
delante están presentes por todas partes: la falta de acabado de las piezas,
la visibilidad de los procesos de construcción (hendiduras, ensamblajes,
tensores, colas de milano) en las piezas expuestas, las líneas discontinuas
pintadas sobre las figuras (Itinerario provisional), las figuras pintadas de
negro que forman un ángulo recto dentro de un grupo más amplio de torsos
brancos (Retablo I ), las dos figuras que miran de frente dentro de un grupo
que está espaldas (Retablo II ), todos son elementos de extrañamiento que
deberían desviar la atención del espectador hacia un cuestionamiento técnico
o filosófico.
Precisamente asuntos como la contemplación, la
percepción o el lugar (la mirada) que ocupa el espectador constituyen uno de
los ejes de la obra de Álvaro de la Vega. Algo que evidencian todas esas
figuras que miran hacia las paredes (Bifurcación), no se sabe si para dar la
espalda al espectador (negándolo, discriminándolo) o porque realmente miran
algo en el plano de la pared (desafiando la propia superficie plana desde su
tridimensionalidad). Incluso cuando miran algo tan tangible como esos
dibujos hechos con alambre Optimismo intercambiable), no dejan de estar
usurpando el lugar que le correspondería al espectador para descolocarlo en
su habitual pasividad contemplativa, invitándolo a mirarse a si mismo.
Son obras que además establecen un diálogo fructífero
entre la escultura y la pintura, entre lo plano y el volumen, entre el
espacio y la luz, como esa figura que posa sin cabeza porque el retratista
la traspasó literalmente al plano de dibujo (Pose I ). O simplemente afirman
que el espacio es un concepto puramente humano, como parecen sugerir todos
esos amontonamientos de cuerpos que ocupan grada y esquinas levantándose en
formas piramidales (Esquina de Quilmas).
Una obra que está al alcance de nuestras manos, pero
que se extiende en la distancia que separa la vista de los ojos.
Compostela,
abril 2003.