MUSEO BARJOLA           Gijón  2001

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Romanos (I). 2000.

Maderas de acacia y fresno.

185x47x35 cm.

 

 

Alvaro de la Vega, escultura (in) disciplinada

 

Todo indica que lo interdisciplinar ha acabado por configurarse como estructura y clave de una buena parte del arte contemporáneo, de sus producciones, de sus conductas, de su público. La cosa viene de lejos, es evidente, pero, para ser sinceros, cuando marcamos lo interdisciplinar como referencia  no lo hacemos con el ojo puesto en los atisbos de ruptura leve de un Henry Laurens o en los entonces más bruscos posicionamientos de la posvanguardia. Más bien, reconocemos una suerte de automatismo semántico según el cual el término interdisciplinario remite de forma directa a nuevas aplicaciones tecnológicas, a interacciones entre artes históricamente distantes o a todo ese creciente bloque de propuestas nuevas que tendemos a reunir bajo el término de “estética relacional”.

Indudablemente, todo este ámbito nuevo que nos configura cada vez más, todo este tránsito, ha sido recogido por Álvaro de la Vega para trastocar –pero también conformar- todo lo que su escultura siempre tuvo de directo, de férreo y sin disimulo, de disciplina estricta y humanísima talla brutal . En ese proceso lento de trastocar y confirmar se diría que el escultor traza un eslabón

intermedio que, siempre desde la sinceridad de la materia presentada en directo, busca la indisciplina, tanto si hablamos de la escultura en relación con ella misma como si hablamos de la propuesta de confusión en la mirada del espectador.

Vean como en la presente exposición, una muy cuidada selección de obras de lo últimos cinco años, la mayoría de las piezas utilizan el plano vertical de la pared y como, siendo así, el apoyo sobre la horizontal del suelo las vuelve inquietantes, endureciendo su carga narrativa y prolongándola. Pocas esculturas como las de Álvaro de la Vega remiten de una manera tan evidente al bulto redondo estricto, al más de siempre que de siempre imaginemos. Y, sin embargo, ya ven, nos las propone como un saco en la tierra o como un pesado almacén de memorias secas contra la pared. “Me parece que no tengo intención de prescindir de las dos dimensiones de mi pasado de pintor, e incluso del origen del dibujo en la propia escultura”.

Las palabras de Álvaro ratifican esa tendencia (in) disciplinada de quien ha mantenido al respeto por la materia brava como idea permanente, casi como único elemento estable desu obra tridimensional. Por otro lado, es bien fácil comprender su fidelidad a su pasado de pintor y dibujante – en todo caso su pintura ya era muy dibujada- si tenemos en cuenta que a ello dedicó exactamente tantos años como a la propia escultura. Sé que, viendo sus obras, nadie lo  diría, pero es así de cierto, Álvaro de la Vega entro de lleno, hacha en mano, en la escultura cuando ya llevaba una docena de años exponiendo pinturas y dibujos. Sobre si tal mudanza tuvo relación directa con su regreso a Galicia habrá que preguntárselo a él, si lo quiere desvelar, pero, en todo caso no nos deja dudas acerca de algunos de sus posicionamientos actuales repsecto de su interpretación del bulto redondo inmóvil y hendido por el rayo.

También en cuanto a voluntad narrativa podemos encontrar alguna que otra afinidad pictórica, alguna insistencia en las fórmulas cruzadas que antes generalizamos al hablar de eslabones intermedios e indisciplinas. En su obra más reciente, de la Vega recoge y adapta mucha de la tradición narrativa de los relieves medievales pero no tanto por homenaje o respeto inalterado al maestro de Silos como por autorreconocimiento en su capacidad expresiva, en aquella potencialidad de los relieves para volver una imagen sólida y estricta en un proyecto de larga duración, en cierto modo una proyección eterna, de narración y narración y narración dada la vuelta.

porque, hablando de esto mismo, es fácil percibir la tendencia a la composición en latitud dentro de su obra, por lo general de derecha a izquierda, contraviniendo con todas las de la ley la tendencia natural de la búsqueda de la mirada (“los artistas somos así de dominantes” dice entre irónico y socarrón).

La inercia de la lectura te lleva a donde sólo hay vacío, el escultor te lleva al otro lado: tú disciplinado, él no. Álvaro neutraliza el viaje natural de tu mirada porque quiere tu detención. ¿Qué le queda, fuera de la potencia formal y sus valores metafóricos sino ese regodeo que alarga el tiempo de la obra y su carga negativa?

Aquí mismo teneis una pieza titulada “cinco manos derechas o parábola de la sensatez”, ¿acaso, al margen de la fiereza formal, no es una muestra de cómo el arte es siempre un ejercicio de supervivencia? Yo, desde luego, también hubiese silueteado a mis amores en prehistórica polaroid para mantenerme vivo, con toneladas de hierro en mi lado izquierdo, que es el lado del retorno. Lo mismo que en su “parábola”: colocar el peso y la diferencia en el inicio para que vuelvas a él, contraviniéndote a ti mismo, contentando al escultor en tu detención. Si algo de esto suena a poesía (suya) cabe que no vayamos descaminados pues no son pocos los guiños al espectador que su escultura ofrece, introduciendo algo semejante a un doble tiempo de la escultura.

Nota.-

Cuesta insistir en aspectos tan de vivencia directa de la escultura de Álvaro de la Vega como los de la fuerza intensa de la materia, fuerza metafórica pero sobre todo fuerza a secas, fuerza sálvese quien pueda y de aquí no sales igual que entraste. Cuesta también, y esta vez por pudor, señalar quien sabe si pequeñas cosas como las combinaciones entre maderas talladas en bestial y tensores metálicos coordinándose en un quién es quién más sutil y un quién dice con mayor claridad su papel. Lo mismo pasa con aspectos como la importancia que otorga a los ejes, a las hendiduras y a los elementos de encuentro entre mitades. Con todo, más que evidenciar o desvelar, aquí hay mucho que mirar.

ALBERTO GONZÁLEZ - ALEGRE