MIL
PALABRAS
Anxel Manuel Rabuñal
Es sabido que el artista
no existe más que como fábula o invención, la más frecuente la del hombre
atormentado que por la obra de arte, en la creación, resuelve la angustia
que le roe por dentro, que de alguna manera es la angustia que nos roe por
dentro a todos. Álvaro de la Vega, artista, también tiene su leyenda
que, para ser buena, comienza muy atrás, en el tiempo ido de la infancia.
La parábola del niño creador nos lo presenta junto a un horno de pan, así
que “la fábula De la Vega” –como la fábula de la humanidad entera- también
comienza con un dios pequeño que hace experimentos con la masa. Para ser
coherente con el sentido de la leyenda tengo la idea de que en los años que
pasaron el artista no se alejó demasiado de aquel juego infantil, de aquel
amasar la masa y de aquel hacer que es hacer la vida desde la materia
inerte. Por otro lado, observando las incrustaciones de madera sobre madera,
las espigas y los machihembrados –no siempre a la vista- que confieren más
solidez a las figuras en las articulaciones y partes débiles, observando los
remaches que corrigen una hendidura demasiado honda, mirando para tanto
remiendo, también acude a la memoria aquel tiempo en el que el artista
rebeteó zapatos.
Álvaro, artista
demiurgo, desbroza la madera hasta presentarnos ese ser encubierto bajo la
corteza del árbol, ser o gente que cuando se nos presenta no es nueva, ni
originaria, no son adanes. Esta gente de madera, todos gente que nació
ya crecida, parecen como aspirar a una cierta normalidad. Están
sometidos en su construcción a una fuerte simetría, muy iguales todos a si
mismos, incluso quizá Álvaro los haga cada vez más quietos, más hieráticos.
Pero tras tanta quietud se percibe muelle un movimiento, como gente que
hubiese quedado parada, latente, para ver si así la vida pasaba por delante
de ellos sin hacerles ni caso ni mal ni daño. Comportamiento animal. Contra
tanto disimulo, estes hombres se descubren a veces como hechos a contragusto,
como sin gana de estar. Supimos que la simetría y el hieratismo que los
constrine son un modo de camuflaje y defensa emocional, supimos que las
incrustaciones enmiendan las fallas más graves, ¡qué desespero!, al
descubrir las esculturas labradas por dentro y que en el vaciado recrean de
nuevo un hombre en contravolumen, vuelto a nacer a contrapelo.
Veo a esta
gente como huchas de madera prieta en las que se guardan vidas. Son seres
individualizados, cada uno con su propio rostro en el que es posible leer
una pulsión, una tendencia, como se puede leer en la cara de los aburridos,
de los ansiosos, de los felices, de los preocupados, de los criminales.
Diciendo que crea gente quiero decir que recrea, en cada hombre de madera,
en cada figura, una parte del mundo, un ser, una sensibilidad, una angustia,
un sufrimiento. No hay pureza original en estes nacimientos.
En el que tiene
la cara partida, en el que asoma una rictus amargo, al que le falta un trozo
de cabeza, en el que tiene el pecho hundido o sarcomida la corteza, o
también en el que tiene la piel amarilla y dura cruzada tan solo por las
líneas dulces del hierro del hacha, en todos ellos, en esta humanidad de
madera, creo haber reconocido los semblantes del “carnicero” de Rostov, de
algún vecino o pariente, más de un amigo, yo mismo. pero estos hombres de
madera no son retratos, no se corresponden ni con uno ni con otro, aunque
vemos en ellos que son humanos. Pero, si es así, ¿de donde sale esta
tropa de madera’ ¿Vienen del bosque, pues ya estaban dentro del toro cuando
el artista comenzó a labrar en el?. Evidente que la creación de Álvaro de la
Vega es un modo de representación, pero representación ¿de que?. Desde luego
no es esa una representación del ocaso, de la muerte, de la parálisis, del
estancamiento o del final, contenidos hoy más frecuentes en el campo del
arte. Tampoco veo una representación de los comienzos, aunque el arte en si
siempre concreta el origen de algo.
Si esto es así entonces
diremos que estas esculturas no se acomodan para nada en la tendencia
moderna. también diremos que la obra de Álvaro no se maneja en el conflicto
de la escultura con la pintura, ni está en la busca de un camino propio, ni
tiene la duda de cómo independizarse o definir su propio espacio frente a
otras artes. Álvaro parece retomar la escultura en una antiquísima vía
anterior a la propia pintura, como si la escultura siguiese siendo la forma
primera del arte, aquella forma mimética que en su recreación nos pone
delante de un igual. Por eso estas figuras en madera son, o se nos ofrecen,
inevitablemente, cada una como un tótem único, no subordinado o ninguna otra
cosa que a la religiosidad del espectador, que puede instaurar su propio
punto de vista, su propia forma de contemplación, de recreación y de
percepción. Se bien en efecto sí son ídolos, colectivamente no podemos hacer
nada con ellos, no resuelven la vida. Quisiéramos clavarles una punta grande
en el pecho, propinarles un nuevo y fatal golpe de hacha, crucificarlos en
un acto ritual... pero como tótems son un fracaso, no se nos llevan nuestros
males ni podemos reunirnos en torno a ellos. Más bien, entiendo, la figuras
de Álvaro son como esos hombres de a tres pesetas que nos recuerdan que
todos somos como somos.
El conjunto de las
esculturas de Álvaro no ofrece una perspectiva, ni un contenido, ni un
mensaje que apunte en una dirección, ni expurgan la mala conciencia
personal. Cada hombre labrado en la madera es un hermano al que abrazarse,
un igual que observamos, que a veces apreciamos y otras nos repele o miramos
compasivamente. Lo rodeamos y vemos sus espaldas, sus piernas, el cuello...
cuando se apoya de bruces contra el muro nos inclinamos para mirarles a la
cara escondida entre los brazos, y en la penumbra de sus tristeza miramos
con la curiosidad morbosa y cruel de quien quiere leer en el sufrimiento de
estos hombres de madera la propia pasión. No digo que sean retratos, son
sosias, como los que cualquiera puede encontrar en un filme. En ellos se ven
actitudes, comportamientos, el peso de algo que se ha hecho o que se dejó de
hacer. No son hombres definidos ni congelados, son instantes en la vida de
un sentimiento. Quizás por eso creo que me gustan más cuando las miro
fijamente con los ojos cerrados, cuando me concentro frente a ellas y pienso
que ahí están,
En ocasiones, tengo la
visión de Álvaro como un taxidermista que en la intimidad de su taller seca
los cuerpos dotándolos de esa dureza arbórea, y que algún día, reencarnados
en robles carrascos, todos iremos a parar a su taller, y el artista de nuevo
recuperará para el mundo nuestro cuerpo cubierto de heridas humanas,
causadas no por el hacha, sí por las penas.