GALERÍA SIO LEVY            Barcelona 1996

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TORSO MADERA, 1995

140x60x65 cm.

 
 

 MIL PALABRAS

Anxel Manuel Rabuñal

 

Es sabido que el artista no existe más que como fábula o invención, la más frecuente la del hombre atormentado que por la obra de arte, en la creación, resuelve la angustia que le roe por dentro, que de alguna manera es la angustia que nos roe por dentro a todos.  Álvaro de la Vega, artista, también tiene su leyenda que, para ser buena, comienza muy atrás, en el tiempo ido de la infancia.  La parábola del niño creador nos lo presenta junto a un horno de pan, así que “la fábula De la Vega” –como la fábula de la humanidad entera- también comienza con un dios pequeño que hace experimentos con la masa. Para ser coherente con el sentido de la leyenda tengo la idea de que en los años que pasaron el artista no se alejó demasiado de aquel juego infantil, de aquel amasar la masa y de aquel hacer que es hacer la vida desde la materia inerte. Por otro lado, observando las incrustaciones de madera sobre madera, las espigas y los machihembrados –no siempre a la vista- que confieren más solidez a las figuras en las articulaciones y partes débiles, observando los remaches que corrigen una hendidura demasiado honda, mirando para tanto remiendo, también acude a la memoria aquel tiempo en el que el artista rebeteó zapatos.

Álvaro, artista demiurgo, desbroza la madera hasta presentarnos ese ser encubierto bajo la corteza del árbol, ser o gente que cuando se nos presenta no es nueva, ni originaria, no son adanes.  Esta gente de madera, todos gente que nació ya crecida, parecen como aspirar a una cierta normalidad.  Están sometidos en su construcción a una fuerte simetría, muy iguales todos a si mismos, incluso quizá Álvaro los haga cada vez más quietos, más hieráticos. Pero tras tanta quietud se percibe muelle un movimiento, como gente que hubiese quedado parada, latente, para ver si así la vida pasaba por delante de ellos sin hacerles ni caso ni mal ni daño. Comportamiento animal. Contra tanto disimulo, estes hombres se descubren a veces como hechos a contragusto, como sin gana de estar. Supimos que la simetría y el hieratismo que los constrine son un modo de camuflaje y defensa emocional, supimos que las incrustaciones enmiendan las fallas más graves, ¡qué desespero!, al descubrir las esculturas labradas por dentro y que en el vaciado recrean de nuevo un hombre en contravolumen, vuelto a nacer a contrapelo.

Veo a esta gente como huchas de madera prieta en las que se guardan vidas. Son seres individualizados, cada uno con su propio rostro en el que es posible leer una pulsión, una tendencia, como se puede leer en la cara de los aburridos, de los ansiosos, de los felices, de los preocupados, de los criminales. Diciendo que crea gente quiero decir que recrea, en cada hombre de madera, en cada figura, una parte del mundo, un ser, una sensibilidad, una angustia, un sufrimiento. No hay pureza original en estes nacimientos.

En el que tiene la cara partida, en el que asoma una rictus amargo, al que le falta un trozo de cabeza, en el que tiene el pecho hundido o sarcomida la corteza, o también en el que tiene la piel amarilla y dura cruzada tan solo por las líneas dulces del hierro del hacha, en todos ellos, en esta humanidad de madera, creo haber reconocido los semblantes del “carnicero” de Rostov, de algún vecino o pariente, más de un amigo, yo mismo. pero estos hombres de madera no son retratos, no se corresponden ni con uno ni con otro, aunque vemos en ellos que son  humanos. Pero, si es así, ¿de donde sale esta tropa de madera’ ¿Vienen del bosque, pues ya estaban dentro del toro cuando el artista comenzó a labrar en el?. Evidente que la creación de Álvaro de la Vega es un modo de representación, pero representación ¿de que?. Desde luego no es esa una representación del ocaso, de la muerte, de la parálisis, del estancamiento o del final, contenidos hoy más frecuentes en el campo del arte. Tampoco veo una representación de los comienzos, aunque el arte en si siempre concreta el origen de algo.

Si esto es así entonces diremos que estas esculturas no se acomodan para nada en la tendencia moderna. también diremos que la obra de Álvaro no se maneja en el conflicto de la escultura con la pintura, ni está en la busca de un camino propio, ni tiene la duda de cómo independizarse o definir su propio espacio frente a otras artes. Álvaro parece retomar la escultura en una antiquísima vía anterior a la propia pintura, como si la escultura siguiese siendo la forma primera del arte, aquella forma mimética que en su recreación nos pone delante de un igual. Por eso estas figuras en madera son, o se nos ofrecen, inevitablemente, cada una como un tótem único, no subordinado o ninguna otra cosa que a la religiosidad del espectador, que puede instaurar su propio punto de vista, su propia forma de contemplación, de recreación y de percepción. Se bien en efecto sí son ídolos, colectivamente no podemos hacer nada con ellos, no resuelven la vida. Quisiéramos clavarles una punta grande en el pecho, propinarles un nuevo y fatal golpe de hacha, crucificarlos en un acto ritual... pero como tótems son un fracaso, no se nos llevan nuestros males ni podemos reunirnos en torno a ellos. Más bien, entiendo, la figuras de Álvaro son como esos hombres de a tres pesetas que nos recuerdan que todos somos como somos.

El conjunto de las esculturas de Álvaro no ofrece una perspectiva, ni un contenido, ni un mensaje que apunte en una dirección, ni expurgan la mala conciencia personal. Cada hombre labrado en la madera es un hermano al que abrazarse, un igual que observamos, que a veces apreciamos y otras nos repele o miramos compasivamente. Lo rodeamos y vemos sus espaldas, sus piernas, el cuello... cuando se apoya de bruces contra el muro nos inclinamos para mirarles a la cara escondida entre los brazos, y en la penumbra de sus tristeza miramos con la curiosidad morbosa y cruel de quien quiere leer en el sufrimiento de estos hombres de madera la propia pasión. No digo que sean retratos, son sosias, como los que cualquiera puede encontrar en un filme. En ellos se ven actitudes, comportamientos, el peso de algo que se ha hecho o que se dejó de hacer. No son hombres definidos ni congelados, son instantes en la vida de un sentimiento. Quizás por eso creo que me gustan más cuando las miro fijamente con los ojos cerrados, cuando me concentro frente a ellas y pienso que ahí están,

En ocasiones, tengo la visión de Álvaro como un taxidermista que en la intimidad de su taller seca los cuerpos dotándolos de esa dureza arbórea, y que algún día, reencarnados en robles carrascos, todos iremos a parar a su taller, y el artista de nuevo recuperará para el mundo nuestro cuerpo cubierto de heridas humanas, causadas no por el hacha, sí por las penas.